Triunfos y lágrimas de Lucy de Rojas

Una de las figuras del automovilismo colombiano que se destacó en la década del 60.

¿Cuántos años tiene doña Lucy? «18 mi amorcito», responde entre risas y gestos de picardía. Aunque ella trate de ocultarlo con palabras, el tiempo ha dejado una huella indeleble en el rostro luminoso de una de las principales glorias del automovilismo colombiano. Es la mañana de un día cualquiera del presente de Lucy de Rojas, una mujer que brilló y se hizo famosa a punta de acelerador en la década de los 60.

Los tiempos de gloria ya no existen. Hoy su vida es muy diferente a la de la juventud, cuando su nombre corría de voz en voz, y su figura esbelta sobresalía en los principales periódicos del país, primero como ciclista y después como automovilista.

Su acento caldense se mantiene casi intacto, quizás lo único que no ha cambiado radicalmente. La casa del barrio Sears, el Volkswagen ‘escarabajo’ color verde esmeralda (lo adquirió por $4.000), sus dos esposos, la fábrica de muebles de acero, la academia de automovilismo y muchos de los trofeos ganados con esfuerzo ya no la acompañan. Los vaivenes del destino la han reducido a un pequeño espacio en el sector de Chapinero, en donde tiene que pagar mensualmente $280.000, dinero que no ha podido reunir desde hace cuatro meses.

Doña Lucy, nacida en Marsella (Caldas), tiene que superar diariamente una escalera empinada de 27 pasos para llegar a su morada. En la puerta siempre la espera su «niño», un perrito french poodle blanco que la defiende de los extraños con bravura. Con él, en silencio, comparte su desdicha, frustración y tristeza. «Yo lo único que quiero es una casita. Soy toda una campeona, pero no tengo ni una zorra», afirma con voz entrecortada y sus ojos inundados de lágrimas.

La ganadora de unas 500 Millas, del ascenso al Páramo del Ruiz y de otras competencias automovilísticas lleva su pobreza con dignidad. Aunque en su mayoría de posesiones también se aprecia el paso de los años, un orden impecable le entrega un ambiente acogedor a la vivienda. Unos viejos trofeos grandes, puestos en orden en un estante del comedor, confirman las hazañas de una mujer que a los 25 años se le midió sin temor a las principales carreteras del país y que incluso era mirada con recelo por haberse atrevido a desafiar a los hombres en un deporte masculino. «Siempre me gustó la velocidad. Recorrí todas las carreteras de Colombia y me enfrenté a más de 60 hombres. Fui la única mujer que resistió, porque sacaba ventaja en las bajadas y en las curvas. Martha Lucía Giraldo y Gloria Lara de Echeverry también compitieron, pero no aguantaron», afirma con orgullo.

Lucy de Rojas siempre fue admirada por su valor. Su mejor recuerdo, además de los aplausos y vivas, fue una tarde de sol en carretera en la que un aficionado le tiró con cariño unos calzoncillos. También se emociona al repasar los mensajes de sus seguidores, junto con las fotos y recortes de periódico, que atiborran su único álbum, un tesoro que guarda con celo bajo su cama.

«Si no venció en la Doble a Sogamoso no fue por falta de coraje. Usted es una divina amazona que se traga la eternidad ‘tahuriándose’ la vida. Su valor, verdaderamente extraordinario, me asombra», escribió un seguidor suyo el 16 de julio de 1964 como reconocimiento a su pundonor deportivo.

Al leer y releer los recortes doña Lucy se transforma. Pasa con facilidad de la alegría a la nostalgia. A veces da la impresión de olvidar las dificultades de la vida, trasladándose de manera imaginaria y mágica al pasado. «No ganaba todas las carreras, pero siempre estuve en los primeros lugares. Hasta me di el lujo de recibir consejos del Chueco Juan Manuel Fangio. Él me dijo que mermara la velocidad en las curvas para evitar accidentes», recuerda.

Pasa de una página a otra y sus ojos se iluminan. El brillo es mayor cuando observa a «Mi Rey», el Volkswagen ‘escarabajo’ que la acompañó en sus hazañas. «Era una belleza. Nunca me dejó tirada en ningún lado. A veces me salía de la carretera y en la radio decían que me había desaparecido, pero con la ayuda de las personas volvía a la competencia y la gente se quedaba sorprendida cuando llegaba a la meta. Estoy pensando en escribir una carta y enviársela al que fabricó los Volkswagen. Esos carros llegaron a $4.000, pero cuando yo empecé a correr y a ganar, fue cuando se empezaron a vender como pan caliente», afirma doña Lucy, quien se convirtió sin pensarlo, en la principal promotora del modelo en el país.

Deja a un lado los recuerdos para acariciar sus muñecas. Parece una niña y no aquella mujer que en 1998 recibió la Cruz al Mérito Deportivo y un cheque por $10.062.292 de Coldeportes, al ser reconocida como una de las Glorias del Deporte Colombiano. De este dinero sólo queda una réplica gigante del cheque que le entregó el presidente Ernesto Samper. Fue un premio fugaz que duró poco en sus manos. Lo utilizó para pagar deudas, un año por adelantado de arriendo y la lavadora. Hubiera sido mejor una pensión vitalicia.

Por momentos se le ve cansada y con la intención de abandonar la carrera de la vida. Sólo pide una vivienda, un premio que en realidad se merece y le devolvería la felicidad. Parte de ella la perdió el día que le clausuraron su «Escuela de Conducción» y la sacaron de golpe y sin bandera de amonestación de la carrera de la vida diaria que ella continuaba, ya no con gestas deportivas sino formando conductores.

A pesar de los golpes, doña Lucy sigue en pie. Nunca debe olvidar las palabras de aquel admirador que reposan en su álbum: «Cuando vayan mal las cosas, como a veces suelen ir, cuando haya mucho que deber y poco que pagar, es preciso sonreír. No te sientas vencida, ni aún vencida. No te sientas esclava, siendo esclava. Trémula de pavor siéntete brava y arremete feroz ya malherida…».

(Abril de 1999)

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