Montoya, campeón de las 500 Millas de Indianápolis en una final de infarto
El colombiano hizo historia al ganar como novato, en el año 2000, una de las carreras más importantes del automovilismo mundial.

500 millas escalofriantes, 500 millas de emoción, 500 millas de talento, 500 millas de orgullo, 500 millas de muerte. Benditas 500 millas y bendito corazón que supo soportar la alegría y la tristeza al mismo tiempo.
No hay palabras para describir el sentimiento. Cualquier calificativo se queda corto para contarle al país la hazaña de un bogotano, de un morenito de nombre Juan Pablo Montoya, que ayer más que nunca hizo que el nombre de Colombia se pronunciará con respeto y admiración.
Cualquier calificativo se queda corto también para expresar el dolor por la desaparición del canadiense Greg Moore, el ser humano, el deportista y el amigo que hizo que la fiesta no fuera total.
La justicia tenía que llegar, no nos merecíamos un nuevo dolor, no estábamos preparados para recibir un nuevo golpe del destino.
Soñábamos con ser campeones, aunque las circunstancias nos había obligado a decir que el subtítulo también era una victoria, pero en el fondo éramos conscientes de que todo lo hecho por Montoya en la temporada de la Fedex Cart no merecía nada diferente a la palabra de campeón.
Había que ver la cara de satisfacción de un aficionado colombiano que se atrevió a desafiar la temperatura, superior a 30 grados, con una peluca del Pibe Valderrama; había que ver al hombre de poncho y carriel, y al de la pancarta que se paseó por toda la tribuna con el letrero de «esto es por la paz de Colombia». Había que ver las caras de Pablo Montoya, de Libia (la mamá), de Alicia (secretaria), de Federico y Liliana (los hermanos); había que ver las cientos de banderas tricolores ondeándose orgullosas. Había que sentir el grito de «campeón, Montoya, campeón, campeón, Colombia, campeón».
Había que ver el hombre de la camiseta de Ferrari, que cada vez que Juan Pablo pasaba por su sitio, no hacía otra cosa que abuchearlo. Había que escuchar la ovación de los aficionados que horas antes de la carrera también lo chiflaron. Había que ver eso y mucho más.
Había que enterarse de la tragedia y había que ver el abrazo sincero entre Pablo Montoya y Darío Franchitti, el caballero de la pista, para entender que lo sucedido en Fontana no era parte de un sueño, sino de una realidad.
«Que sea lo que Dios quiera», había dicho doña Libia de Montoya minutos antes de la competencia en Fontana. Y Dios quiso que esta vez Juan Pablo fuera el campeón. Quiso que ese gran trofeo fuera para la tierra del café y la cumbia, pero quiso también llevarse al piloto canadiense Greg Moore, a un segundo piloto en un solo año, en una demostración más de que en el deporte de la velocidad se juega mucho más que un simple galardón.
Los sentimientos son encontrados. Victoria y muerte, dos aspectos de la vida completamente opuestos, pero que ayer tuvieron una cita en uno de los autódromos más bellos de Estados Unidos.
La primera se dio para Colombia, algo que casi nunca sucede. Y se dio de manera angustiante. Las siete victorias tenían que valer de algo. No podían pasar desapercibidas y cumplieron su misión, porque fueron precisamente ellas las que le dieron el título, en uno de los campeonatos más apretados de la Cart. El segundo sentimiento, el de la muerte, se dio para Canadá, un país en el que Montoya había mostrado todo su talento.
El presentimiento de algo bueno para el país existía. El corazón lo decía. El estado de ánimo de Juan Pablo era inmejorable, se le veía relajado y tranquilo. Lo mostró en la pista. Desde el comienzo fue protagonista. Se jugó entero con Max Papis, Michael Andretti, Paul Tracy, Cristian Fittipaldi y Helio Castro Neves. Fue líder durante 13 vueltas. Fue cuarto y eso le bastó para reclamar el título de campeón.
Esta vez sí que hubo suerte. El Kool Green, que no había fallado, ayer lo hizo, claro que antes se había registrado el mortal accidente del canadiense. La cara de preocupación era evidente y la salida del helicóptero hacia el hospital daba muestras de que algo raro había sucedido.
Pero el espectáculo tenía que seguir. La fiesta tenía que continuar aún a sabiendas de que uno de los protagonistas se debatía entre la vida y la muerte.
El duelo entre Montoya Y Franchitti era evidente. El escocés hizo una buena partida y estaba cumpliendo a la perfección. Andretti parecía volar. Pero en su primera entrada a la zona de talleres se apagaron sus aspiraciones con el motor de su monoplaza.
Y vino la sorpresa. O más bien la buena suerte camuflada de Colombia. Franchitti tuvo que hacer un nuevo ingreso a los pits para arreglar un problema con una llanta trasera. El más opcionado para llevarse el campeonato veía esfumarse las opciones, mientras Juan Pablo seguía batallando por las posiciones de comando, sin saber que a escasos metros de la pista, su compañero y amigo abandonaba estos terrenos.
Las 500 millas se hacían cortas, pero para los colombianos era una eternidad. El recorte de Franchitti era evidente y la posibilidad amenazaba con irse. Mucho más en la última entrada a pits, en la que Juan Pablo ingresó siendo primero y salió en el quinto lugar.
Cualquier cosa podía pasar. El corazón al máximo de palpitaciones. Pablo iba de un lugar a otro y en los pits del Target todos se miraban pero nadie se atrevía a celebrar.
Hasta que llegó el último giro. Adrián Fernández en el primero y Montoya en el cuarto. Darío Franchitti lo hizo en el décimo. Las cifras decían que se había presentado un empate, pero las mismas también mostraban al colombiano con siete victorias. Por ello el bogotano Juan Pablo Montoya reclamó el trofeo para Colombia y el cielo se llevó a uno de los grandes.